Por Hans Christian Andersen
Había una vez veinticinco soldaditos de plomo, hermanos todos, ya que
los habían fundido en la misma vieja cuchara. Fusil al hombro y la
mirada al frente, así era como estaban, con sus espléndidas guerreras
rojas y sus pantalones azules. Lo primero que oyeron en su vida, cuando
se levantó la tapa de la caja en que venían, fue: "¡Soldaditos de
plomo!" Había sido un niño pequeño quien gritó esto, batiendo palmas,
pues eran su regalo de cumpleaños. Enseguida los puso en fila sobre la
mesa.